Aprender a morir, aprender a vivir
 
Estos últimos meses he tenido el privilegio de trabajar en la Unidad de Cuidados Paliativos del Instituto Catalán de Oncología (ICO), acompañando a personas en proceso de final de vida y a sus familias. Ha sido una experiencia dura, a la par que tremendamente enriquecedora tanto a nivel profesional como personal. Quisiera compartir con vosotros algunos de los aprendizajes de esta etapa:
 
La muerte como maestro
Por todos es sabido que la enfermedad y la muerte constituyen uno de los principales tabúes de nuestra sociedad. Intentamos vivir de espaldas a ellas, pues solemos asociarlas a un elevado sufrimiento que no nos sentimos capaces de gestionar. Sin embargo, difícilmente podemos vivir para siempre como si la enfermedad y la muerte no existieran, pues tarde o temprano nos vemos obligados contactar con ellas mediante uno de nuestros seres queridos o viviéndolas en nuestras propia piel.
 
Al contrario de lo que a priori se podría suponer, convivir siendo conscientes de la muerte como una parte más de nuestra existencia, puede constituir una fuente increíble de aprendizaje y vitalidad. Supone un choque frontal con la impermanencia de nuestro cuerpo, que nos hace plantearnos qué somos más allá de él, y la manera en cómo estamos aprovechando nuestra vida en la actualidad. ¿Quién soy yo más allá de mi apariencia física? ¿Qué es importante para mi en la vida? ¿A qué le estoy dedicando mi tiempo y energía? Estas son algunas de las preguntas que se nos plantean al entrar en contacto con la muerte, y que pueden sin duda cambiar nuestras actitudes hacia una vida más plena y satisfactoria.
 
No hay tiempo que perder
Uno de los aspectos que más me ha impactado en el trabajo con moribundos es la evidencia aplastante de que el tiempo corre, de que cada instante es único e irrepetible y de que cuando pasa ya pasó, y no hay vuelta atrás. La consciencia de esto, que parece una perogrullada, resulta tremendamente difícil de integrar de manera permanente en nuestra vida cotidiana. ¿O a caso no discutimos con nuestra pareja o familiares teniendo la sensación de que luego habrá tiempo de disculparnos y reconciliarnos? ¿O no nos resignamos a un trabajo que no nos satisface, pensando que ya llegarán tiempos mejores, el fin de semana o las vacaciones? Debido probablemente a un mecanismo de defensa, tendemos a pensar que tenemos cierto tiempo por delante. Incluso las personas que están en un proceso de final de vida y son conscientes de ello, raramente piensan que pueden morir “hoy”, sino que existe cierta tendencia a creer que todavía pasarán algunos días (aunque sean pocos) antes de fallecer. Esto, que en cierta manera nos protege del sufrimiento, tiene una desventaja importante: tendemos a no darle al momento presente la importancia que se merece, viviendo a veces nuestra vida de forma distinta a como realmente deseamos.  
 
La resistencia, fuente de sufrimiento
Otra de las lecciones que he extraído de esta experiencia ha sido la confirmación de que, más allá de la enfermedad o la muerte en sí, la resistencia psicológica ante lo que está ocurriendo es una de las principales fuentes de sufrimiento emocional. Recuerdo concretamente el caso una una mujer con un cáncer en estadio avanzado que no estaba todavía en situación de final de vida. Ingresó en la unidad para que la ayudaran a controlar mejor un dolor en el vientre que le molestaba desde hacía semanas. Ella repetía una y otra vez que no le preocupaba tanto la enfermedad en sí, sino el hecho de no tener calidad de vida debido al dolor. Y explicaba que si conseguían que el dolor cesara se sentiría mucho mejor y podría estar “bien”. Tras múltiples cambios de medicación que no resultaron efectivos, se decidió -de acuerdo con la paciente- intentar un procedimiento más invasivo y eficaz para aliviar el dolor, pero que tenía la desventaja de que la mujer debería estar conectada a un aparatito durante todo el día, que podría llevar encima dentro de una especie de bolso. El procedimiento fue exitoso y su dolor desapareció por completo durante varios días. Sin embargo, la mujer no pareció satisfecha, pues llevaba muy mal lo de tener que llevar el bolso a cuestas constantemente, de manera que su nivel de sufrimiento emocional era prácticamente igual al de antes de la intervención, pese a que el dolor había cesado. Una vez más, parece que la causa del sufrimiento emocional no es únicamente el evento externo (sea este el dolor, la enfermedad, estar atrapado en un atasco de tráfico, o no haber cogido el paraguas en un día lluvioso) sino nuestra resistencia a aceptar lo que ya está ocurriendo en ese instante de nuestras vidas. Honestamente pienso que el caso de esta mujer no es aislado, que no es que ella lo hiciera mal, o se quejara de vicio. Simplemente nos cuesta mucho (a mi la primera) aceptar las cosas cuando no son como nos gustaría, y esto añade aún más dificultades al afrontamiento de circunstancias duras de por sí, como lo es una enfermedad grave.
 
Lo que realmente importa
Cuando tomamos consciencia de que no hay tiempo que perder, de que cada instante es valioso e irrepetible, de que la vida corre y no hay marcha a atrás... Es casi inevitable (y sanísimo) plantearnos: ¿estoy viviendo mi vida cómo quiero hacerlo?
 
Una de las preguntas que se hacen en la unidad a las personas que están en situación de final de vida es qué es lo más importante para ellas, qué es lo que da sentido a su vida. En estos meses, prácticamente el 100% de las personas que he conocido han respondido sin dudar: mi familia, mis amigos... En definitiva: las relaciones de amor y cuidado que  mantienen con los demás. Evidentemente cada ser humano es diferente, y los valores y fuentes de sentido no tienen porqué ser universales, pero al parecer querer y sentirnos queridos, es una de nuestras necesidades esenciales. A la par, uno de los aspectos que más sufrimiento genera a las personas al final de la vida, es saber que van a tener que separarse de aquellos a los que aman.
 
Parecería lógico, que si para la mayoría de nosotros lo más importante en la vida son las relaciones de amor con los nuestros, éstas constituyeran nuestra principal prioridad en todos los aspectos ¿verdad? Sería lógico que tomáramos nuestras decisiones teniendo muy en cuenta cómo van a afectar a nuestras relaciones, que dedicáramos tiempo de calidad a nuestra familia y amigos, que nos entrenáramos para ser unos buenos padres, esposos, hijos, amigos..., que ser felices (amarnos) y hacer felices a los nuestros (amar) fuera nuestra prioridad principal, que una reunión en el trabajo, ver un partido de fútbol o limpiar la casa no pasaran jamás por delante de jugar con nuestros hijos o tomar un café con un buen amigo. Parecería lógico...¿verdad?
 
Hacemos lo que podemos
Todos nosotros anhelamos ser felices, y lo intentamos conseguir como buenamente podemos, con nuestras habilidades, circunstancias y limitaciones. Esto implica que muchas veces acertamos, y muchas otras nos equivocamos. A veces herimos a los demás, y a veces los hacemos felices... El otro día fui al cine a ver Truman (película, por cierto, muy recomendable) y uno de sus personajes dijo: “cada uno se muere como puede”. Y yo pensé: “Y vive como puede”. A mi me resulta muy útil recordar esto antes de juzgarme, y de juzgar a los demás.
 
La dignidad del amor
La situación de enfermedad avanzada y final de vida supone un fuerte contacto con la fragilidad de nuestro cuerpo, la cual cosa puede hacernos sentir extremadamente vulnerables. Ha sido un auténtico regalo poder ser testigo de como determinadas personas (tanto los enfermos como sus familiares) son capaces de afrontar esta difícil situación con una dignidad y generosidad extremas. Siendo capaces de expresar claramente lo que necesitan y lo que no, tratando amorosamente a los suyos y cuidándolos hasta el final, dándose permiso para no ser perfectos, sino para ser simplemente ellos mismos. Porque resulta que nuestra fortaleza genuina surge a menudo en los momentos de mayor vulnerabilidad, cuando lo superfluo no ha lugar y nos vemos casi obligados a contactar con la parte más auténtica de nosotros mismos. Este tipo de actitudes supone, sin lugar a dudas, un legado de valor incalculable para todos aquellos que tienen el privilegio de acompañar a la persona en sus últimos momentos.
 
Los maestros no existen: acompañar en vez de instruir
Conforme pasan los años cada vez me resulta más evidente que nadie puede “guiar” a otro hacia el buen camino, ya que eso implicaría que hay uno que sabe con certeza cual es el buen camino y otro que le sigue con cierta sumisión. Este hecho, se hace todavía más evidente en el proceso de final de vida. ¿Cómo puedo yo saber cual es la mejor manera de llevar una enfermedad avanzada y morir si jamás he estado en una situación parecida? En realidad, siendo honesta, probablemente no soy capaz ni de imaginarme lo que se siente. Esto, unido a que el proceso de morir es algo profundamente íntimo y sagrado que merece ser respetado, hace que el planteamiento por parte del profesional deba cambiar por completo. Porque se puede aportar mucho más a la persona y sus familiares con una actitud de respeto y escucha, con un acompañamiento sincero centrado en sus necesidades y no en lo que el profesional cree que ellos necesitan. Esta actitud, que creo que debería ser extrapolable a cualquier persona en cualquier situación, hace que se cree algo mágico y enriquecedor: una relación en que dos personas se escuchan con curiosidad y respeto, intentando ante todo no dañar al otro y aportarle algo si es posible.
 
Esto es también aplicable a los familiares de la persona enferma, que a menudo preguntan cuál es la mejor manera de ayudar a su ser querido. La respuesta es la misma: estando cerca, mostrándose disponible pero sin ser invasivo, preguntando al otro qué necesita y cómo sin dar nada por sentado. Porque a menudo las personas, cuando sufrimos, necesitamos simplemente eso: sentirnos vistos, amados, respetados y acompañados.
 
Aprender a vivir
Es difícil saber cuál es la clave (si es que ésta existe) de una muerte en paz. Lo que sí parece evidente es que invertir en una vida plena tiene sentido, no sólo pensando en el final de la misma (cuando solemos hacer revisión de toda nuestra trayectoria) sino en el momento presente.
 
Nadie que no seamos nosotros mismos puede saber qué necesitamos, qué cosas nos importan realmente y cuáles no, qué da sentido a nuestra vida. Humildemente pienso que vale la pena que nos lo planteemos e intentemos vivir en consecuencia. Esto nos aportará felicidad y calma en el presente, y quizás nos ayude cuando nos toque partir, pudiendo mirar atrás con la satisfacción de haber disfrutado al máximo de este regalo que es la vida.
 
VNP
 
 
 
Aprender a morir, aprender a vivir
domingo 6 de diciembre de 2015